lunes, 22 de diciembre de 2008

Queridos amigos.

Después de todo, no queda nada. En sus vidas (y en la mía también, por qué no) van a tener éxitos y fracasos, felicidad y desdicha, van a sentirse plenos y luego no , y más tarde -cuando alcancen otra meta, otro objetivo- van a alegrarse de nuevo.
Pero de esa montaña rusa, no queda nada, excepto una pequeña cajita llamada recuerdos.
En ella descansarán todas esas cosas que hicimos y nos hicieron. Los amigos pasan, los amores desenamoran, la gente nos desilusiona y la vida sigue. Pero los recuerdos se apilan en esa cajita.
Quizá estén pensando en cuán pesimista soy, pero creánme cuando les digo que es todo lo contrario. Quiero enfocarme en esa sutil cajita. Yo soy una maniática de las cajas, y guardo cuanta basura encuentro: boletos, pasajes, bolsas, recortes, otras cajas más pequeñas, hebillas rotas pedazos de cartas y un millón de etcéteras que podrán imaginar. Y es a esa nostalgia a la que voy.

Cuando pasen cuarenta años -y si el cálculo no me falla contaré como muchos de ustedes, 58 años- toda esa chatarrería me traerá nostalgia, me ubicará en lo único que me quedará por siempre: recuerdos. Y, estimado lector, no vaya a confundir ''recuerdo'' con ''experiencia'' . No, de ninguna manera. La experiencia es aquello que nos ayuda a no tropezar dos veces con la misma piedra; mientras que el recuerdo, a pesar de no tener utilidad aparente, es esa cosita obsoleta que nos mantendrá vivos, siempre y cuando lo resucitemos a modo de anécdota o consejo.

Por eso les pido que vivan para el recuerdo. No para el pasado, sino para crear recuerdos. Porque en cuarenta años, cuando no nos queden todos esos amigos que pensamos que eran para siempre y sólo contemos unos pocos para los que nos sobre una mano, cuando los amores nos hayan roto el corazón, sólo nos mantendrá vivos la llama que nos contará la historia del mejor amigo de primaria o del novio del jardín, entre otros.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Barrotes invisibles.

Estaba segura de no ser de ahí. Todas las mañanas se levantaba con el pecho oprimido, deseando ver el sol que podía ver todos los días, deseando que el viento la acariciara más allá de esos barrotes invisibles, queriendo y esperando y soñando encontrarse con el lugar o la gente donde pertenecía.

A tan sólo tres kilómetros de ella, su verdadero padre se levantaba con el pecho oprimido, deseando ver el sol en los ojos de su hija, deseando que el viento le hiciera cosquillas a ambos, queriendo y esperando y soñando que la encontraba y recordaba, y que ambos se tuvieran y fueran al lugar con la gente donde pertenecían.