miércoles, 10 de junio de 2009

En vez de escribir esto para que lo leas, estaríamos habando.

La alarma del despertador rompió el silencio. Ella abrió difícilmente los ojos esperando haberse confundido de horario, pero el reloj cantaba las 6.50. Inevitablemente, debía levantarse.
Renegando por dentro, prendió la estufa, se puso el saco y fue al baño. Lavó su cara, se miró al espejo y pensó que las cosas no estaban tan mal después de todo, que los amigos tenían razón, las cosas pasan y no hay por qué arrastrarse.
Preparó un café con leche, volvió a odiarse por tardar tanto, y mientras éste se calentaba, se vistió con rapidez porque hacía frío.
Puteó al frío que, aunque lo amara, odiaba sentirlo en la ciudad.

Cinco minutos antes de salir para la facultad, miró por la ventana y deseó. Deseó estar muerta de frío, pero mirando un paisaje hermoso en el Sur, deseó mirar ese paisaje, contemplar ese paisaje, tocar ese paisaje, ir a la facultad y que a la salida estuviera él esperándola para almorzar como solían hacer, que hiciera frío pero él le diera la mano y por más que estuviera entumecida y no sintiera nada por el frío saber que estaba él al lado y que no importaba más que eso.

Volvió a mirar el reloj y agarró las llaves. Si las cosas fueran tan fáciles, en vez de escribir esto para que lo leas, estaríamos hablando. En vez de rogar que lo leas, estaríamos hablando. En vez de pensar que probablemente no lo leas, estaríamos hablando. En vez de pensar que por ahí sí lo leas, pero no te importe, estaríamos hablando.

martes, 9 de junio de 2009

Todavía su amor me da descargas.

Todavía, aunque no lo entiendan, tengo una mínima esperanza de que cambie, de que me mire en algún lado y se vea al lado mío, como no hace mucho.
Sé que conoce lo que siento, lo que soy; será por eso que se fue y que no quiere volver. O tendrá miedo de verse reflejado en un futuro. O creerá que no hay perdón, aunque no haya qué perdonar.

Cuando la esperanza muera, él se irá y ya, como tantos.
Lo que no entiende es que no fue, no es y no será de los tantos.

jueves, 4 de junio de 2009

La loca de las pancartas.

Dicen que viene de lejos, caminando con una pancarta. Si realmente hubiera querido llamar la atención, no lo hubiera conseguido tan fácilmente como ese día.

Caminaba por la calle, con un cartón blanco que tenía una inscripción ilegible.
Cada paso que daba, era motivo para que la gente se volteara a observarla.
¿Qué tenía de raro? Su pancarta. Quizá provocaba un efecto hipnótico, quizá sólo despertaba meras curiosidades. En fin, fuera cual fuese el porqué, todos la miraban. Y ella caminaba con una cara inexpresiva, una mezcla de dolor de piernas con ganas de llegar a casa.

Cruzó la calle, y los conductores la observaban. Se notaba su esfuerzo por leer las cuatro letras que sobresalían de la bolsa verde en la que iba el cartón, a modo de protección -inútil, ya que más de la mitad quedaba por fuera, pero protección al fin.

En las últimas cuadras antes de llegar a su destino, un chico desde un auto gritó: -mirá, ahí va la loca de las pancartas.
No la vieron nunca más desde aquel viernes. Banfield la espera.

Ella está esperando para volver, probablemente lo haga el día que tenga que recoger otro trabajo de plástica de su hermano menor.