domingo, 30 de mayo de 2010

Amar, odiar... y seguir amando.

Siempre estuve segura de que el odio sin razón esconde bajo sus capas un amor tan profundo que nadie puede explicar.
Es muy fácil odiar cuando alguien nos lastima, o nos hace la vida imposible. Es muy fácil odiar porque estamos devolviendo con una reciprocidad absoluta aquellas cosas que nos incomodan todo el tiempo.

El odio sin razón no es tan absurdo como parece. Es más, el odio sin razón, puedo afirmar sin arrepentirme, no existe.

Cuando nos odian, el odio no nace como tal. Puede empezar como cariño, como ganas de pertenecer a algún lado que nosotros pertenezcamos. De a poco, esas ganas se transforman en envidia, y allí aparece finalmente el odio.
Es como una parte nuestra. Es algo tan cotidiano y gradual que sólo lo vemos cuando es una gran bola gris delante nuestro, cuando es una montaña interminable que no nos deja avanzar.

Hasta ahora, hablé siempre del odio como respuesta. Toco el tema de la respuesta, porque creo que a veces la gente trata de hacernos la vida imposible, y uno sólo puede responder con odio y depresión. Cuando esa situación cesa, cuando logramos alejarnos, usted verá que ese odio que sentíamos se convierte rápidamente en indiferencia, una indiferencia tan justa, tan robusta, que termina poco a poco con la angustia y la carga que significa odiar.

Pero ¿qué pasa cuando el odio lo generamos nosotros?
Voy a evitar el tema de la envidia, sinceramente porque no sé cómo tratarlo. No soy una persona envidiosa, entiendo que a veces unos tienen más que otros, aunque no comprenda del todo las razones. Simplemente lo acepto, pues sé que tarde o temprano, la balanza cambia los positivos por los negativos, y a eso no hay con qué darle.
En cambio, puedo hablar del resentimiento. Francamente, no es algo que me guste. El resentimiento llega de la mano de la impotencia; impotencia que palpo, con mucho dolor, cuando veo que aquello que quiero se va, y no puedo hacer nada para pararlo.
Injusticia, mejoría, destino, o como cada uno lo quiera llamar, una vez que se filtra la impotencia como un rayito de luz por la ventana, irrumpe violentamente el resentimiento, que muta fugazmente en, claro está, odio.
El odio, casi siempre, es la única forma de mantener contacto con eso que tanto queríamos y se nos fue. El odio pasa a ser la única explicación para una situación inexplicable.
El odio es la sutil unión entre el amor y la indiferencia.
Simplemente, donde hay odio hay un querer. Querer a, querer ser como... Querer. Es tan simple y tan complejo como eso. Es querer tanto que tenemos miedo de perder (¿la memoria, tal vez?), tenemos miedo de perder la oportunidad de remediar una situación probablemente irremediable. Tenemos miedo de que los detalles se nos escapen de las manos, se nos escurran. Tenemos miedo de caer en la indiferencia, y así, no ver las posibilidades, que cuando uno odia parecen infinitas, de que él se vuelva a acercar, de que él se acuerde que existo y ese odio se de vuelta como un guante, y vuelva a ser el reactivo que lo generó, vuelva a ser amor.

La indiferencia, en cambio, es un estado de latencia. Es el estado en que todo nos importa un carajo, menos nosotros mismos y esas cosas que nos hacen reír. Si me preguntan, no hay como la indiferencia, porque es el paso previo al amor. Es cuando nuestros sentidos buscan, casi sin querer, el perfume de un amor intenso. Es el momento en que pensamos y repensamos todo lo que nos pasó en el amor y en el odio, pero ya sin dolor.
Es observar y contar nuestra historia, pero en tercera persona.

Todo eso es, hasta que vuelva a ser amor.

lunes, 10 de mayo de 2010

Ojalá le vaya tan bien como a mí...

Una se levanta con su peor cara, se mira al espejo y trata de arreglarse. Trata de disfrazar se desveló y que tiene los ojos hinchados de tanto llorar.

Una sale a la calle y aprieta más y más ese nudo en la garganta, lo aprieta tanto que empieza a doler. Toma el colectivo y se refugia atrás de un libro. Agradece que hace frío y que la nariz colorada puede pasar desapercibida.

Una cree que un año es tiempo suficiente para calmar ese malestar en el estómago, ese nudo en la garganta, ese desvelo constante. Pero un año no es nada.


A mi humilde entender, todos estuvimos en su lugar.