sábado, 21 de agosto de 2010

La duda.

Hoy cometí el error de pedir una opinión. No es que las opiniones no sean saludables, o que la gente las exprese con malas intenciones; es simplemente que le abren paso a la duda. Son el pequeño agujerito que deja entrever que el camino que uno estaba totalmente decidido a tomar puede ser el peor error de nuestras vidas*. O no.
La duda es un enemigo cotidiano. Es aquello que no nos deja avanzar. Además, una vez que la duda comienza a hospedarse en nuestra cabeza, es cada vez más recurrente: en sueños, en días, en noches, en decisiones trascendentales como en las nimiedades más absurdas que se puedan pensar.

De cualquier forma, eso no es lo peor. La duda no se banca vivir en la cabeza. Necesita un lugar menos frío. A la duda, le gusta habitar el corazón.
Y naturalmente, un corazón con dudas es un corazón con miedo. Es ese que genera el nudo en el estómago que no nos deja seguir adelante, que no nos deja entrar en acción para cambiar las cosas. Nos lleva a un estado de latencia constante, en el que cualquier decisión es peligrosa, porque se están resignando mil más.
Pero lo que no nos deja ver, es que uno no se está protegiendo, sino lastimando. Poco a poco, se irán perdiendo los amigos, porque uno dudará de si su amistad es sincera o no. Lo mismo sucederá con todo ser querido que nos circunde. Luego, dudaremos de la credibilidad de la gente en general, de sus intenciones y de la vida. Llega un momento en el que se duda tanto que más vale encerrarse que salir.

Cada vez que vos dudaste, dudaste de mí, de todo lo que pasó, pude ver el miedo. Vi cómo tu cara se transformaba y tu alma mostraba un vacío total. Vi cómo creíste que era mejor tirar las cosas al tacho antes de esforzarse un poco más.

Por eso les digo, de vez en cuando sigan a su instinto, otras, reflexionen. Pero nunca, nunca, nunca, dejen entrar a la duda en su corazón.



*No hablo de reflexión, cosa que considero totalmente contraria a la duda, es justamente el tiempo que uno se toma para elegir el rumbo que dará a las cosas, no la inactividad total.