martes, 2 de agosto de 2011

Los fracasos.

Creo que a todos nos pasa lo mismo. Espero que a todos nos pase lo mismo.
La vida te lleva a planificar. A corto, largo o mediano plazo, uno planifica. Espera que las cosas sucedan de la manera en que armó todo en su cabeza, y generalmente -si no es un dejado o las cosas realmente le importan- pone todo su ahínco en que eso funcione y salga tal cual lo pensó, igualito.

Ahora, ¿qué nos pasa cuando ese plan se va al tacho? ¿Qué es lo primero que se nos viene a la mente?
La respuesta es muy simple: FRACASO.
No entendemos cómo ocurrió ni por qué. No entendemos cómo es posible que luego de tantas ganas, tanto esfuerzo, todo parezca complotar contra nuestra felicidad. No hay explicación lógica para que algo arremeta de tal forma contra nuestros planes.

En caliente, le echamos la culpa a todo. Un poco a nosotros mismos porque pudimos haber dado más. Otro poco a cualquier ser vivo u objeto inanimado que haya podido participar del entorpecimiento del curso -para nosotros natural- de las cosas.

Entonces, empezamos a sentir un frío en la espalda, un ardor en el pecho y una pesadez estomacal inaguantable. Empezamos a sentir la frustración de no haber obtenido los resultados esperados. Empezamos a creer que somos fracasados.

Me costó entender -pero entendí- que los fracasos siempre nos acompañan. Es muy fácil creer no servimos y dejar las cosas por la mitad. Pero es ahí donde está el verdadero fracaso: en abandonar lo que uno quiere o cree solamente por tropiezos.
Nosotros somos uno. Nuestros fracasos o nuestros triunfos nos modificarán, pero no nos harán ni mejores ni peores. Solamente nos acompañarán, marcarán nuestras vidas y nos dejarán una lección.

Pero no seguir por miedo al fracaso o por sentirnos inútiles, es cobardía.

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